Sobre algunas opiniones respecto de la negociación colectiva

Desde el momento en el que se inició la crisis económica se vino a plantear un debate respecto del actual sistema de negociación colectiva en España. El propio Gobierno introdujo en su agenda de reformas esta materia como un aspecto fundamental para mejorar la competitividad de nuestras empresas y evitar que el ajuste en toda crisis se resuelva del lado del empleo. Se parte, por tanto, de considerar que la negociación colectiva, tal y como viene desarrollándose desde su última gran reforma en 1994, (han habido multitud de reformas posteriores de menor calado) es un obstáculo para la competitividad y el empleo. Sin embargo, basta atender a los datos anteriores a la crisis para llegar a poner en cuarentena dicha afirmación: desde el citado año 1994 y hasta el pasado 2009, el PIB español crece de manera sostenida acercándonos a la media europea en renta per cápita y el desempleo pasa de tasas del 20% al 8%, la cifra más baja de cuantos datos históricos se conocen.

Es verdad que, a diferencia de otros países de nuestro entorno, la presente crisis se ha llevado por delante algo más de dos millones de puestos de trabajo; pero no es menos cierto que una gran parte del empleo destruido estaba relacionado directa o indirectamente con el sector de la construcción, y todos sabemos hasta que cotas de desproporción ha jugado en el crecimiento español este sector.

Atendamos ahora a otro de los axiomas que se aducen para exigir la reforma de la negociación colectiva: la productividad, o más bien la baja productividad de la industria española, que es la que compite en el exterior aunque, mayoritariamente, en el interior de las fronteras europeas. No vale determinar la productividad incorporando sectores económicos intensivos en mano de obra que además de no competir fuera de nuestras fronteras no tienen aquí competencia exterior, pongamos por caso la construcción. Por tanto, valorando fundamentalmente la productividad de nuestra industria observamos que lejos de disminuir ha crecido en términos relativos con nuestros competidores, tal y como lo pone en evidencia el aumento sostenido de las exportaciones durante el periodo considerado.
Recientemente, he podido leer a algún experto valorar muy positivamente, hasta el punto de ponerlo como ejemplo de lo que debería ser la reforma de la negociación colectiva, el proceso de pactos salariales y de condiciones de trabajo alcanzados en el sector de fabricantes de automóviles y componentes; pero claro, como en otros sectores y empresas no se actúa del mismo modo, el experto concluye que hay que imponer la reforma. Sin embargo, me temo que esto tampoco es del todo verdad: en la totalidad de sectores industriales, siempre y cuando la empresa por su tamaño lo permita, se han llegado a acuerdos de todo tipo con el mismo objetivo, mantener el empleo. Es decir, que los representantes de los trabajadores y los sindicatos que los sostienen han priorizado el mantenimiento de los puestos de trabajo siempre que esa oportunidad ha sido contemplada por las empresas o se ha vinculado a un plan de viabilidad. Cuando dicha alternativa no era posible o simplemente no formaba parte de la estrategia empresarial, la fórmula de ajuste ha sido el empleo.

¿Qué es lo que se nos está proponiendo de verdad? Pues me temo que lo que se pretende es lo que los mal llamados liberales defienden desde siempre, que el mercado actúe libremente ajustando salarios y empleo: si no hay trabajo deberán bajar los salarios hasta alcanzar el punto de equilibrio.

De cara a la galería todos se apuntan a la inversión, el desarrollo y la innovación como los factores de competitividad fundamentales; pero cuando se proponen reformas éstas se dirigen en otra dirección: contra los sindicatos, contra la negociación colectiva, contra el salario mínimo interprofesional o contra cualquier elemento que distorsione el libre funcionamiento del mercado. La apuesta no es más I+D+i, sino peores condiciones de trabajo y salario.

Estamos viviendo la peor crisis económica desde la Gran Depresión, su origen indiscutido obedece a la desregulación de los mercados financieros, su primera consecuencia ha sido el colapso del sistema financiero y, para evitarlo, la movilización de ingentes cantidades de dinero público, generando déficits enormes que hemos tenido que pagar destruyendo empleo y bienestar social; sin embargo, los responsables ideológicos de un modelo económico que nos ha traído hasta aquí son los que nos dicen lo que hay que hacer y, lo más sorprendente, a quienes la opinión pública parece hacerles caso.

Yo no sé si en las actuales circunstancias un acuerdo en materia de negociación colectiva, que los sindicatos deseamos, nos sacará del atolladero económico; pero estoy seguro de que o el conjunto de la sociedad europea abre los ojos y las conciencias y reacciona frente a la dictadura de los mercados o pondremos en peligro no sólo el estado del bienestar, sino la propia democracia.

Ismael Sáez (Secretario General de MCA-UGT PV)

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